“Había sido criado con la invencible confianza de que cada hombre, sean las que fueren sus acciones pasadas y por muy bajo que le hayan arrastrado, tiene reservada una vírgen, por lo menos, para casarse; una doncellez, siquiera, para desflorar y destruir. (…) Después llegó al fin su turno, su llamada, como sabía desde el principio. Él obedeció, proveyéndolo todo, pero sin pesar. Entró no en la cama ardiente de una mujer estéril y lujuriosa, sino en la sencilla y feroz cueva de una leona que no concedía nada, ni pedía perdón, y que hizo de él, para siempre, un monógamo, como el opio y el homicidio hacen de quien lo ha probado una vez.”
El Villorrio, William Faulkner, 1940.





























